Hace pocos días salió al mercado un libro más sobre la crisis, “España, destino tercer mundo”, escrito por Ramón Muñoz, del que tenía referencias por una reseña de prensa. Se ha agotado rápidamente, pero buscándolo he podido apreciar la profusa bibliografía sobre el tema. La obra en cuestión tiene, sin embargo, dos diferencias con la mayoría de ésta. Por una parte, no augura una salida más o menos rápida y más o menos feliz, como los panfletos de los apologistas del sistema, a los que denomina “mercenarios del optimismo” por trabajar a sueldo de los que verdaderamente mandan. Tampoco pretende aportar soluciones más o menos factibles, como hacen los autores críticos con el sistema2, pero no tanto como para impugnarlo.

    La tesis de la obra es que España está abocada a un abismo en el que caerá inexorablemente como consecuencia de la deuda, lo que nos llevará a una economía de supervivencia como la de los años 40 o 50. Dice que no es solo que los jóvenes de hoy vivirán peor que sus padres, sinó que, en el mejor de los casos, sobrevivirán como hicieron sus abuelos.
    Critica con razón el desmontaje de la economía productiva, del sector primario y secundario. Ahora se ve, pienso yo, la verdad de la crítica que a contra corriente hacíamos los detractores de la Unión Europea, en aquella época Mercado Común, en el sentido de que, en su división del trabajo, se nos reservaba el papel de camareros de Europa. Ese era el sentido de las reconversiones industriales de los 80, de los acuerdos agrarios e, incluso, de las reformas educativas. Esta predicción, como tantas otras, no tenía demasiado mérito; solo era necesarioquerer ver la realidad, premisa básica de toda ciencia, de la naturaleza o la sociadad.
    Prevé la salida del euro i un “corralito” o incluso lo que denomina un “corralón”, en el que los ahorros perderían la mitad de su valor y dejaría en la miseria a una multitud de personas. Al no disponer de moneda propia, el estado español, a diferencia de otros que han pasado por situaciones parecidas, está maniatado y solo puede recurrir a la devaluación salarial que, por otra parte, le va muy bien a corto plazo a la patronal. En ese proceso devaluatorio se insertan las sucesivas reformas laborales y de las pensiones.
    La perspectiva es apocalíptica pero esencialmente acertada. Hasta donde llegaremos no lo sabe nadie y dependerá de muchos factores, entre ellos la capacidad de respuesta de las clases populares. También es aparentemente acertada, si se mira el pasado reciente, la observación del autor de que el periodo de bienestar ficticio nos ha vacunado contra la revolución, lo que nos condena a la resignación e ir mansamente al matadero.
    Sin embargo, que haya sido así hasta ahora no quiere decir que lo vaya a ser en el futuro; esa es la discrepancia con el libro. Es verdad que la entre la clase trabajadora está muy extendida hoy la idea resignada de que no se puede hacer nada. También aunque cada vez menos, son bastantes los que, alienados, comparten las medidas de los gobiernos. Y también los que creen o quieren creer, que a ellos no les afectará; o los ingenuos que, contra toda evidencia, piensan que estamos en un periodo transitorio tras el que volveremos a la situación anterior, idealizada por algunos desmemoriados.
    Este conjunto de personas de origen obrero con falsa conciencia son cada vez menos y es que, pese a la propaganda interesada del los mencionados mercenarios, la realidad acaba por actuar sobre las ideas. Y es esa actuación de la realidad sobre las ideas (la realidad social determina la conciencia), la que va abriéndose camino, empezando por los menos contaminados por el espejismo de la época previa a la crisis, aquellos a los que el sistema tiene menos que ofrecer, los  y las jóvenes de las clases populares. A eso obedecen fenómenos como los que observamos de organización creciente del movimiento estudiantil y al crecimeinto de las organizaciones juveniles anticapitalistas. Se puede no verlo o no quererlo ver, pero los aparatos del estado si lo perciben y actúan en consecuencia, de ahí el crecimiento de la represión, la que se ve y la peor, la que no se ve.
    ¿Se trata de realidades o de imaginaciones de un optimista histórico? Creo que es lo primero y como muestra puedo hablar de lo que se vivió el día de la huelga general en Castellón, una ciudad que no será precisamente la cuna de la revolución proletaria, como bien sabemos los que la conocemos. Pero el piquete más numeroso1 fue el piquete anticapitalista convocado por la Coordinadora Repartim el Treball i la Riquesa (CRTR), integrado mayoritariamente por jóvenes. Muy diferente a no hace tanto, cuando las movilizaciones estaban formadas en su mayoría por personas de edad más cercana a la jubilación que a la juventud. Por la tarde, en la manifestación, las más de 3000 personas2 del Bloque Anticapitalista, también bastante jóvenes con excepciones como el autor de estas líneas, es un hecho que no ha pasado desapercibido, y menos que a nadie a unos señores que llevaban un bolso y hacían muchas fotos sin que nadie supiera quienes eran.
    El proyecto diseñado desde el poder va en la línea de lo que plantea el libro de Ramón Muñoz. Pero ese proyecto tendrá cada vez más contestación y el resultado final no está escrito. No es cierto que no haya escapatoria; hay una alternativa, en singular frente a lo que piensan los reformistas más o menos bienintencionados, pero es inútil buscarla dentro del sistema capitalista.

Hace pocos días salió al mercado un libro más sobre la crisis, “España, destino tercer mundo”, escrito por Ramón Muñoz, del que tenía referencias por una reseña de prensa. Se ha agotado rápidamente, pero buscándolo he podido apreciar la profusa bibliografía sobre el tema. La obra en cuestión tiene, sin embargo, dos diferencias con la mayoría de ésta. Por una parte, no augura una salida más o menos rápida y más o menos feliz, como los panfletos de los apologistas del sistema, a los que denomina “mercenarios del optimismo” por trabajar a sueldo de los que verdaderamente mandan1. Tampoco pretende aportar soluciones más o menos factibles, como hacen los autores críticos con el sistema2, pero no tanto como para impugnarlo.

 

La tesis de la obra es que España está abocada a un abismo en el que caerá inexorablemente como consecuencia de la deuda, lo que nos llevará a una economía de supervivencia como la de los años 40 o 50. Dice que no es solo que los jóvenes de hoy vivirán peor que sus padres, sinó que, en el mejor de los casos, sobrevivirán como hicieron sus abuelos.

 

Critica con razón el desmontaje de la economía productiva, del sector primario y secundario. Ahora se ve, pienso yo, la verdad de la crítica que a contra corriente hacíamos los detractores de la Unión Europea, en aquella época Mercado Común, en el sentido de que, en su división del trabajo, se nos reservaba el papel de camareros de Europa. Ese era el sentido de las reconversiones industriales de los 80, de los acuerdos agrarios e, incluso, de las reformas educativas. Esta predicción, como tantas otras, no tenía demasiado mérito; solo era necesarioquerer ver la realidad, premisa básica de toda ciencia, de la naturaleza o la sociadad.

 

Prevé la salida del euro i un “corralito” o incluso lo que denomina un “corralón”, en el que los ahorros perderían la mitad de su valor y dejaría en la miseria a una multitud de personas. Al no disponer de moneda propia, el estado español, a diferencia de otros que han pasado por situaciones parecidas, está maniatado y solo puede recurrir a la devaluación salarial que, por otra parte, le va muy bien a corto plazo a la patronal. En ese proceso devaluatorio se insertan las sucesivas reformas laborales y de las pensiones.

 

La perspectiva es apocalíptica pero esencialmente acertada. Hasta donde llegaremos no lo sabe nadie y dependerá de muchos factores, entre ellos la capacidad de respuesta de las clases populares. También es aparentemente acertada, si se mira el pasado reciente, la observación del autor de que el periodo de bienestar ficticio nos ha vacunado contra la revolución, lo que nos condena a la resignación e ir mansamente al matadero.

 

Sin embargo, que haya sido así hasta ahora no quiere decir que lo vaya a ser en el futuro; esa es la discrepancia con el libro. Es verdad que la entre la clase trabajadora está muy extendida hoy la idea resignada de que no se puede hacer nada. También aunque cada vez menos, son bastantes los que, alienados, comparten las medidas de los gobiernos. Y también los que creen o quieren creer, que a ellos no les afectará; o los ingenuos que, contra toda evidencia, piensan que estamos en un periodo transitorio tras el que volveremos a la situación anterior, idealizada por algunos desmemoriados.

 

Este conjunto de personas de origen obrero con falsa conciencia son cada vez menos y es que, pese a la propaganda interesada del los mencionados mercenarios, la realidad acaba por actuar sobre las ideas. Y es esa actuación de la realidad sobre las ideas (la realidad social determina la conciencia), la que va abriéndose camino, empezando por los menos contaminados por el espejismo de la época previa a la crisis, aquellos a los que el sistema tiene menos que ofrecer, los y las jóvenes de las clases populares. A eso obedecen fenómenos como los que observamos de organización creciente del movimiento estudiantil y al crecimeinto de las organizaciones juveniles anticapitalistas. Se puede no verlo o no quererlo ver, pero los aparatos del estado si lo perciben y actúan en consecuencia, de ahí el crecimiento de la represión, la que

1No se refiere a ministros o parlamentarios, que en su gran mayoría no son sino otros tantos asalariados del poder

2Entendiendo por tal el conjunto de relaciones técnicas y sociales de producción que caracterizan una determinada sociadad. El sistema al que nos referimos es el capitalismo, no el actual gobierno, ni la ley electoral u otras circunstancias.